Genealogía Wallace-Kenny

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jueves, 27 de marzo de 2025

LOS WALLACE KENNY DE VENADO TUERTO, SANTA FE, ARGENTINA

Shiela, Donald, Eileen, Pedro, Patricia y Eduardo
Dª Rosa Kenny, José, D. Eduardo Wallace
Año 1955

MI FAMILIA

Mi padre Edward Wallace, nació el 09 de abril de 1889 en Leney, Multyfarnham, Co. Westmeath, Irlanda. Era el segundo hijo de Peter Wallace (* 20/01/1856 - † 18/07/1941) y Ellen O’Reilly (* - † 13/10/1905). Fueron sus hermanos John Peter (1887/1968), el mayor y heredero de la granja, y Patrick (1891/1914), el menor, que murió el 21 de junio de 1914 cuando era sometido a una operación de garganta.

   En 1914, al declararse la gran guerra, don Peter -que todavía sentía la pesadumbre de la pérdida de su esposa y la de su hijo Patrick- no estaba dispuesto a entregar la vida de Edward al servicio de la Corona Británica. Sin vueltas, y ante la desesperación de vislumbrar a su segundo hijo en tierras extrañas luchando bajo una bandera extranjera, vendió algunos de sus bienes y con la magra paga obtenida, lo envió a Liverpool, para que se embarcara a la Argentina.

En el puerto de Liverpool, Edward intentaba cambiar su destino y embarcarse hacia Australia. En eso estaba cuando entabló conversación con Víctor Kalisky, un inglés de religión judía y sastre de profesión, que lo convenció para que no cambiara su itinerario. Le dijo que si se iba a Australia los ingleses lo reclutarían con más facilidad que si se quedaba en Irlanda. Además, se ahorraría unas cuantas libras, comparando la distancia que media entre uno y otro destino. Las teorías de Kalisky eran fundadas, y recordó entonces que su padre le había recomendado contactarse con la familia Leonard/Wallace, que vivía en Pergamino, un pueblo de la Provincia de Buenos Aires. Sin pensarlo dos veces, Edward se embarcó el buque “Oronsa” con Víctor Kalisky y partió rumbo a Buenos Aires.

El 01 de septiembre de 1915 el “Oronsa” amarró en el puerto de Buenos Aires y el día 4, ya en suelo argentino se despidió de Kalisky y tomó el tren rumbo a Pergamino. Fue su primer contacto con “la Argentina”.

En Pergamino se encontró con sus primos, los hermanos Leonard: Tomás, Santiago, Gerardo, Margarita y Juan, hijos de Gerald Leonard (Ballicarrigy *1828 – Salto †1902) y Esther Wallace (Multyfarnham *1856 - Salto †1914). El recibimiento fue cálido y espontáneo. Margarita y Gerardo serían sus mejores amigos y confidentes.

A través de los Leonard, ingresó a la empresa ferroviaria y sus destinos fueron: Pergamino, San Nicolás, Villa Constitución y Venado Tuerto, donde se radicó definitivamente.

Durante un encuentro de la comunidad irlandesa en Venado Tuerto conoció a Rosa, la hija menor de John Kenny y Catalina Hevey. Rosa le pidió a su madre que invitara al joven irlandés a tomar el té; la señora Kenny accedió, pero le pidió a María Kehoe, (más conocida en la comunidad como “Minnie” Rourke viuda de Patrick Rourke), que hiciera de nexo. El trabajo de “Minnie” tuvo éxito porque Edward y Rosa se casaron el 18 de abril de 1928 y tuvieron siete hijos. Relatos orales dicen que “Minnie” Rourke, era la “casamentera” de la comunidad.

Pero el corazón de Edward todavía guardaba recuerdos de su añorada Irlanda. Las cartas que escribió a su hermano y posteriormente a su sobrino, revelan su nostalgia por su querida Irlanda. Los domingos después de misa, se refugiaba en su “galponcito” donde guardaba, además de sus herramientas, el violín, la gaita y los libros de música. Allí escribía sus poemas, a los que luego les ponía música. Ese era su mundo; el mundo que sólo él y Rosa conocían, por eso ella vigilaba celosamente que nadie perturbara esos momentos.

Edward Wallace falleció el 18 octubre de 1980 a los 91 años. Fue el último irlandés que habitó en Venado Tuerto.

Mi madre, nació en San Eduardo (entonces Distrito Venado Tuerto) el 14 de mayo de 1898 y falleció el 17 de noviembre de 1985. Era la hija menor de Juan Kenny Casey (*1855  †04/07/1926) y Catalina Hevey Rourke (*1856  †27/01/1944), y fueron sus hermanos: Brígida (*1880 + 19/09/1938) casada con Pedro Downes; Catalina (*1882 †08/11/1932) casada con Santiago Crowley; María “Molly” (*1881 †25/02/1949) casada con Mateo Chapman; Juan (*1886 †27/02/1941) casado con Marcela Gaynor; Bernardo (*1889 †14/05/1958) casado con Brígida Kehoe; Juliana (*18/09/1890 †12/08/1964) casada con Patricio Chapman y Eduardo (*1893 †12/08/1972) casado con Inés Dunne.

Mis hermanos: Eileen Rosa (soltera). Pedro Leo, contrajo matrimonio con Dora Pérez y tuvieron 5 hijos: Guillermo, Moira, Mónica, Celina y Lucila. Eduardo Juan, falleció soltero el 21 de febrero de 2001. Donaldo Benedicto, contrajo matrimonio con Juana María Didoné y tuvieron 2 hijos: Débora y Pablo. Mary Shiela (soltera). Patricia Moira (soltera) y finalmente, quien esto escribe: José, contraje matrimonio con Teresita Acosta y tenemos dos hijos: Ignacio y Eduardo.

Curiosamente, y a contramano de toda lógica irlandesa, mi viejo no quiso que ninguno de sus hijos varones se llamara Patricio, razón por la que mi hermana "Patricia", que nació en el mes del patriarca, se hizo acreedora del emblema irlandés en la familia. Esta resistencia al nombre Patricio, tenía su razón de ser. Entre los Wallace había demasiados Patricios, lo que originaba mucha confusión, y mi viejo no quería que se terminara identificando a sus hijos con apodos no muy elegantes, como sucedía con los Wallace de Brandsen, Chascomús, Jeppener, Ranchos, en la provincia de Buenos Aires, donde la mayoría se llamaban Patricio y terminaron identificándolos por sus sobrenombres, tales como “el colorado”, “el mellizo”, “el peludo”, y otros más.

“Así era mi viejo”

Don Eduardo se jubiló de Ferrocarriles Argentinos en el año 1949, cuando cumplió los 60. Recuerdo un hecho particular que sucedió en el año 1948, cuando llegó de viaje por la mañana del día 2 de marzo, el día siguiente a mi cumpleaños, y me trajo un espejito redondo en cuyo reverso estaba la imagen de Perón y Evita. Era un suvenir en plena campaña electoral que repartían en La Carlota (Córdoba) el día 1º de marzo, día en que los británicos traspasaban los ferrocarriles al Estado Argentino.  Ese acontecimiento lo dejó plasmado en su diario de esta manera:

"1° de marzo de 1948: Salí de viaje a La Carlota. Hoy entregan los ferrocarriles los británicos al Gobierno de la Nación. La estación de Venado Tuerto está repleta de gente muy emocionada. Las máquinas llevan escarapelas, banderas y fotografías de Perón y de su esposa “Evita”. Cuando llegamos a Canals encontramos una multitud congregada en la 
Edward Wallace trepado en la máquina
plataforma de la estación. Hay un alto parlante dando las noticias trasmitiendo desde Retiro. Aquí estamos informados que el coronel Perón ha sufrido un ataque de apendicitis agudo, siendo necesario una operación. Después de terminar las maniobras quedamos en la estación, o sea con la maquina enfrente hasta las 19 horas para tocar el silbato siendo esa la hora oficial de entrega de los ferrocarriles. Ha llovido fuerte todo el día. Llegamos a La Carlota con las horas cumplidas." 
(sic)

En aquellos años la empresa de ferrocarriles tenía empleados que denominaban “llamadores”. Era un cadete encargado de avisar a los maquinistas que debían tomar servicio a determinada hora de ese día.  Generalmente eran jóvenes que recién ingresaban a la empresa.

Timbre

Los llamadores estaban disponibles las 24 horas del día y no había inclemencia que los detuviera. De ellos dependía la organización de los horarios de partida y llegada de los trenes. Mis viejos llamaban a estos mensajeros “Call boys”, traducción literal: “Muchachos llamadores”. Para evitar malentendidos y controversias entre los maquinistas y los “llamadores” que se originaban cuando los maquinistas no se presentaban en término para tomar servicio y se culpaban unos a otros, mi viejo instaló un timbre casero muy práctico.

Por aquellos años las casas eran construidas con galerías abiertas al frente, a tres o cuatro metros de la línea de edificación, y generalmente tenían un enrejado -o alambrado con ligustros- para resguardarse de los malhechores, además de proteger la intimidad de sus moradores. En ocasiones los llamadores tenían dificultad para ingresar al predio porque las
Antigua fachada de Alem 545
 puertas del jardín tenían candado o estaban trabadas, lo que les impedía acercarse para despertar a los citados, dado que muchas veces no oían su llamado. Para facilitarles el trabajo a los mensajeros, mi viejo instaló un timbre. En el marco de la puerta de su dormitorio que daba a la galería, instaló un enorme reloj despertador de metal, de aquellos redondos con campanilla en la parte superior. El reloj estaba programado para que, al agitarse la palanca, sonara la alarma. Para ello le enganchó un alambre que extendió hasta la puerta de calle con una sortija en su extremo, de modo que al tirar de la argolla la campanilla comenzaba a sonar, y al soltarla, mediante un resorte, volvía a su lugar y se detenía Era un mecanismo tan sencillo, que con sólo tirar suavemente era suficiente. Eso sí, cuando se accionaba, metía un batifondo capaz de despertar a medio barrio.

La instalación del timbre en la casa de los “Guayase” fue la sensación para los chicos del vecindario que se desvivían por accionarlo; a cada rato nos venían a buscar para jugar o con cualquier pretexto, con tal de tocar el timbre. Pero no solo los chicos tenían ese antojo. Había un compañero de escuela secundaria de uno de mis hermanos, que tenía un especial delirio por el timbre y a cada rato se llegaba a nuestra casa. Un día (canchero) llegó montado en su bicicleta, y sin apearse se colgó de la argolla y perdió el equilibrio. El timbre se trabó y no había forma de pararlo. Eran las 4 de la tarde y todo el vecindario (curioso) se asomó para ver qué ocurría. La escena fue cómica, porque allí estaba Víctor Sáez trepado en el alambrado tratando de detener la máquina enloquecida. Mi viejo, desde un costado de la casa, contemplaba el insólito cuadro y sin dejarse ver, esperó que el “futuro técnico mecánico” del industrial la desactivara. Fue una comedia caricaturesca.

Petardo

El viejo siempre estaba en la inventiva. Era muy común que los rateros incursionaran por algún gallinero o galpón con herramientas, para hacerse de algún pequeño botín; pero lo peor era que hacían destrozos que resultaban más caros que el valor de lo robado. Para espantarlos, ideó un mecanismo casero muy práctico. Utilizó un petardo de alto poder, de aquellos que se usaban en el ferrocarril para alertar al maquinista que debía aminorar la marcha cuando se aproximaba a una zona peligrosa, llámese paso a nivel o zona urbana. Cuando la locomotora pisaba el dispositivo, se producía un estampido ensordecedor que alertaba al maquinista para que aminorara la marcha.  En esos tiempos las locomotoras a vapor eran muy ruidosas, entonces era necesario que el estampido fuera de alto volumen sonoro.

No voy a detallar cómo funcionaba la trampa, simplemente diré que, al abrir la puerta de acceso al gallinero, se desprendía una pesa que caía sobre el petardo y producía la explosión.

La misma noche que instaló el petardo, de madrugada se produjo la explosión y “los ratas” escaparon a los gritos desesperados, lo que hizo que algún vecino imaginara una feroz riña familiar con disparos de armas de fuego, a tal punto que “alguien” hizo una denuncia policial. (No sería extraño que fueran los mismos ladrones). La cuestión es que mi viejo fue citado a la comisaría para declarar sobre una “presunta reyerta familiar con armas de fuego”.

Ante esta situación complicada, mi viejo recurrió a su concuñado, Don Patricio Chapman, hombre de mundo y conocido por las autoridades policiales, propietario de la Carnicería “La Hibernia” (cuyo edificio todavía existe en calle Rivadavia 1149) y donde alguna vez fue asaltado por dos malhechores que entraron a robarle y le dispararon varios tiros que le dieron en el abdomen y que gracias a la intervención del Dr. Luis Chapuis salvó su vida.

Cuando mi padre le contó a don Patricio lo que había sucedido, éste (con su habitual parsimonia y sin darle mayor importancia al asunto, más bien debió haberle causado gracia) le dijo que fuera directamente a la comisaría a la hora indicada y que lo aguardara allí. Según contaba mi viejo, esa mañana entró y salió de esa Comisaría una decena de veces mientras esperaba la llegada de su “defensor” que se estaba demorando.

Finalmente los atendió el comisario y mi viejo (con don Patricio como apuntador) relató los hechos. Cuando terminó, el comisario soltó una carcajada, se puso de pie y extendió su mano para despedirlos. No había nada para ampliar. Estaba todo dicho.

En otra ocasión, y siguiendo con su obsesión por la seguridad hogareña, puso en funcionamiento un antiguo reloj a cuerda, de tal manera que, mediante una conexión eléctrica, se encendía la luz del patio cada 15 minutos. No sé si habrá dado resultado, pero actualmente cuando uno camina por la ciudad, al pasar frente a algunas casas, se enciende una luz. Claro que este sistema es más moderno, pero vale para graficar lo que se pretende lograr: Ahuyentar al presunto ladrón.

Encendedores, relojes, escobas, abrelatas…

Anticipándose a los recordados “magiclick” que duraban 100 años, fabricó un encendedor eléctrico. Dentro de una pequeña caja de madera colocó dos planchuelas dentadas enfrentadas y conectadas a un enchufe. Como complemento un hisopo de madera, en cuyo extremo tenía un anillo metálico con un mechón de algodón insertado y que se embebía en alcohol; luego se frotaba el hisopo con el metal dentado y se producían pequeños chispazos que encendían la mecha.

Otra de sus obsesiones eran los relojes. Ese antojo lo llevó a idear un “reloj de agua”, mediante un engranaje de 60 dientes y un gotero que caía en una especie de tobogán que volcaba su contenido una vez por minuto y accionaba el engranaje. Siempre lo controlaba y durante varios días mantenía el horario exacto. Este invento atrajo la atención de mucha gente, entre ellos de sus compañeros ferroviarios, que hicieron correr la bola y venían a verlo funcionar.

También se dedicó a fabricar escobas que vendía al vecindario. Construyó una máquina a
Edward con su amigo el Padre Fox posando con el
reloj de agua
 pedal y hacía las escobas tan buenas como la de las mejores fábricas. A medias con mi tío Eduardo Kenny, sembraban un pequeño lote de maíz guinea que luego cosechábamos a mano.

Siempre tratando de gastar lo menos posible, cuidaba el peso porque según sus palabras, sabía lo que era estar “sin un cobre en el bolsillo”. Solía aconsejarme ahorrar para asegurarme un futuro y me contaba que cuando él tenía una moneda en el bolsillo, la daba muchas vueltas muchas veces antes de gastarla.

Un día estando en la casa de los Chapman, observó que mi tía Juliana utilizaba un abrelatas con una manivela que la giraba sin mayor esfuerzo. Tomó el abridor y lo observó detenidamente durante algunos minutos. Cuando regresó a casa, se instaló en su galponcito y se puso a trabajar. Fabricó dos abrelatas de distintos tamaños, uno para latas grandes y otro para las más chicas, entonces nosotros también tuvimos dos abrelatas. Ambos fueron de utilidad durante muchos años.

También le gustaba trabajar la madera. Fabricó espaldares de camas, sillones, reposeras y hasta un violín. Para ello utilizó la madera de un añoso fresno que debió extraerse cuando sobrepasó la medianera del vecino. Mi madre lo había plantado en el invierno de 1928. Cuando el gigantesco fresno cayó abatido en medio de un ruido estrepitoso, la vi lagrimear. Gran pena sentí por ella, porque comprendí que con el árbol se iba parte de su vida.
El tronco estuvo mucho tiempo a la intemperie montado sobre dos tacos que lo aislaban del suelo. Después de un tiempo, considerando que estaba seco y resistente, mi viejo contrató los servicios de un fletero de apellido Loza, que vivía en calle Chile a la altura de Ayacucho y Cerrito, para que lo llevara hasta el aserradero de los hermanos Cardozo, que estaba en Sarmiento y Ayacucho, propietarios de una fábrica de sillas.

El changarín arrimó el carro al puente, apoyamos tres tablones y armamos el terraplén; tirando de una soga logramos subir el tronco y lo estaqueamos; mi viejo quiso atarlo, pero don Loza -apurado por terminar su trabajo- sostenía que con las trabas que le habíamos puesto era suficiente y que era imposible que se cayera. El asunto es que el caballo no alcanzó a dar tres pasos cuando el tronco rodó y se cayó en la cuneta llena de agua.

Mi viejo no puteaba (nunca lo oí insultar) pero tenía una calentura madre. El viejito Loza estaba abrumado, y caminaba desorientado de un lado para el otro, mientras miraba el tronco en la cuneta, repitiendo una puteada muy particular: “La puta mayo, ¡la puta mayo!” decía una y otra vez, mientras mi viejo recaliente lo seguía por detrás cagándolo a pedos, un poco en castellano y otro poco en inglés. Hoy ese recuerdo me traslada al cine Felliniano de los años 50/60. ¡Desopilante!

Con el tronco en la cuneta, don Loza se fue a buscar ayuda al sindicato de estibadores, que estaba en calle Inglaterra (hoy 2 de abril) entre Cerrito y Ayacucho, y volvió con varios muchachos forzudos para el rescate.  Dos de ellos se quitaron las camisas y las alpargatas, se arremangaron los pantalones y se metieron en la cuneta con el agua hasta las rodillas; haciendo palanca con unas varillas, lograron pasar la soga por debajo del tronco para que los otros desde afuera tiraran y lo hicieran rodar, tal como lo habíamos hecho antes del accidente.

Era increíble la fuerza y la maña de esos muchachos. Cuando entraron al patio de nuestra casa para lavarse, y mientras mi viejo les alcanzaba unas toallas, ellos se hacían bromas mutuas por lo que habían tenido que renegar con el tronco. Era como si hubiesen ganado un partido de fútbol. Todo era risa y diversión.  Así describe al hombre argentino John Macnie en su libro “Work and Play in the Argentine”: “cuanto más dificultosa es la tarea, más humor le suma a su trabajo”.

Zapatero/talabartero, ‘lutier’, lavarropas y otras yerbas

Otra de las debilidades de mi viejo eran las herramientas. Tenía un buen juego de chirimbolos que iban desde martillos, pinzas y llaves de distintos tamaños, hasta un yunque de zapatero. Don Shcreiner, profesor del colegio industrial, solía pedírselo prestado para arreglar el calzado de su familia. El alemán había entablado una buena relación con mi viejo, que fue el primer tesorero de la cooperadora del flamante colegio industrial, hoy Escuela de Educación Técnica (ENET).

Con relación al arreglo de zapatos, recuerdo que una mañana mi madre me dijo que tenía que dejar mis zapatos color caca con suela crep, para que mi viejo los arreglara y debía ponerme los que había remendado el día anterior con suela de cuero. El tema era que los zapatos arreglados tenían una plataforma parecida a los zuecos, era como andar en zancos. Entonces yo me negaba a usarlos y no me los quería poner, quería calzarme los zapatos viejos, porque eran más chicos y livianos, mientras que los remendados eran toscos y pesados. Esa mañana antes de ir al colegio, mi madre no lograba convencerme de que hiciera el cambio y recurrió a la ayuda de mi hermano Donald que intentaba 
Edward con Rosa exhibiendo su
obra de arte: el violín
infructuosamente ponérmelos de prepo. Yo lloraba como un loco. Al escuchar el alboroto, mi viejo se levantó y entró a la cocina con una calentura de los mil demonios y me ordenó que me los pusiera, lo que hice hipando, pero sin emitir palabra. Era increíble la autoridad que ejercía sobre nosotros. Jamás nos puso una mano encima. Nunca nos castigó físicamente, pero esa mirada era suficiente para poner las cosas en orden. Era la autoridad de un padre recto y justo. No había preferencias. Pero esa mirada dolía tanto como una tunda.

Cuando llegué al colegio, lo primero que hice fue mirar los zapatos de los demás para compararlos con los míos, y ¡Oh sorpresa! ¡Eran iguales! No había diferencia. Creo que nunca volví a usar los zapatos color caca con suela crep para ir al colegio.

También me fabricó un portafolios que usé durante toda la primaria. Hoy lo guardo de recuerdo y con especial afecto; cuando veo la rudeza que tiene, me pongo a pensar en lo simple y linda que era la vida. Yo iba feliz con mi portafolio y a nadie le llamó la atención.
Otra de sus manualidades fue un cortaplumas con mango de hueso, que todavía se conserva en mi casa paterna. Creo que la fabricó para no cargar un cuchillo cuando hacían asados en las piezas ferroviarias.

Fabricó un violín de chapa, soldada con estaño. El mástil era de madera, en cuya punta estaba tallada la cabeza de un caballo en plena carrera y las cuerdas llegaban al extremo de la caja sostenida por una mano (también tallada en madera) que simulaba tener las riendas. Es muy probable que nosotros no le diéramos la debida importancia a sus ‘obras de arte’, razón por la que le regaló el violín a Felipe Hanns, un cura alemán de la congregación Redentorista que estaba misionando por esta zona en el año 1957. Mi viejo simpatizó con el cura que, como él, era loco por la música. También fabricó otro violín con la madera del fresno.

Cuando comenzaron a modernizarse los electrodomésticos, observó en la exposición rural el mecanismo de los primeros lavarropas fabricados con motor a nafta por don Nello Neri. Empeñado en aliviarle las tareas a mi madre, lo primero que hizo fue comprar un motor a explosión cuya polea acopló, mediante una cinta, a un cilindro de madera fabricado con
Sillón
 varillas, como si fuera una jaula redonda, que incrustó en un tanque de zinc para depositar el agua. El resultado fue óptimo, y como dije antes, alivió considerablemente el trabajo de 
mi madre, pues éramos muchos en familia y mis hermanos mayores usaban overoles, que eran muy pesados para tender. Temprano por la mañana el viejo se ponía en movimiento y ponía el lavarropas en funcionamiento. Entonces el barrio se enteraba que ese día estábamos de lavandería, porque “Botafogo”, como lo bautizó mi viejo, comenzaba su faena.

El viejo -como todo inmigrante- cuidaba el mango hasta el mínimo centavo. Por eso fabricó una pequeña balanza para pesar las cartas que una o dos veces al mes le escribía a su hermano en Irlanda. El franqueo “Vía Aérea” era costoso y variaba según los gramos que pesaba. Para tener certeza del peso, fabricó una balanza en miniatura, porque desconfiaba del pesaje que le hacían en el correo. Una chinche de las tantas que tenía. Lo mismo sucedía con la medición de la lluvia. Nunca estaba de acuerdo con lo que registraba Publicidad San Martín (luego LT29), porque no coincidía con el pluviómetro que él había fabricado y que lo tenía instalado en el medio del terreno de nuestra casa. Sostenía que la emisora exageraba la medición por efectismo. De todas maneras, siempre tenía algo para hacer, además de tocar el violín, la gaita o componer música y versos para acompañarla.

Caricaturas

Tenía un hobby muy particular. Le gustaba dibujar caricaturas de familiares y amigos, especialmente de sus compañeros de trabajo. Me he tomado el trabajo de subir los dibujos a la red, algunos pintados en acuarela. Sus compañeros de trabajo venían a nuestra casa para verlos y reírse de los personajes y del diálogo que motivaba cada viñeta. Los dibujos tienen
más de 90 años, por lo que las escrituras no son muy legibles, a los que hay que sumarles el léxico que utilizaba mi viejo en castellano y la idiosincrasia de cada uno de los personajes, entre los que logro distinguir a Cibelli, Quitarone, Villafaña, Armesto, Passera y Cachari.
El sitio google donde se puede acceder para ver estos dibujos es el siguiente:
https://photos.google.com/album/AF1QipPVJNmi3zhLy1wqMHYjR84UEA7Jy3hJ8y-lYVxF?hl=es

Gansos

Como todas las familias del barrio, nosotros también teníamos un gallinero, donde además de gallinas, criábamos patos, algunos pavos para las fiestas y muchos gansos. Los gansos era la bandada más numerosa; llegamos a tener al menos hasta veinte, con crías incluidas. Todas las mañanas los soltábamos a la calle y partían con gran algarabía rumbo al campo, que comenzaba en calle Estados Unidos (hoy Pte. Perón). De ahí hacia el sur, todo era campo abierto. Curiosamente, nunca nos faltó ni uno de toda la camada. Nadie los molestaba y si alguien se acercaba a sus crías, desplegaban sus alas y encaraban al agresor con toda furia y armaban un alboroto descomunal.

A la tardecita emprendían su regreso, y cuando llegaban a la zona urbana de avenida Alem, iniciaban su vuelo rasante hasta el frente de nuestra casa. No levantaban más de un metro de altura. En una ocasión a mi madre se le pasó el tiempo y no les cortó las alas y un día cuando regresaban, uno de los más jóvenes levantó vuelo y desapareció rumbo a las vías del ferrocarril. Salimos a campear la zona, pero no pudimos dar con él.

Al día siguiente se presentó en nuestra casa una señora, retacona de cabellos lacios grisáceos y cuello corto, diciéndonos que había aterrizado frente a su casa en calle España, un ganso y que “alguien” le había comentado que podía ser de nuestra propiedad. El asunto fue que (compensación mediante) mi viejo me dijo que acompañara a la mujer hasta su casa para traer de vuelta al fugitivo. Fue así como, acompañado por mi amigo Hugo Touma, fuimos con ella hasta su casa, que estaba en calle España entre Mitre y Alvear. Era una casa antigua en estado de abandono y construida a unos diez metros adentro de la línea de edificación.

Cuando llegamos, en la puerta de entrada, sentado en un taburete, fumando y tomando mate, estaba un hombre mayor en musculosa, muy flaco, sin dentadura y no muy prolijo. La mujer se adelantó mientras nosotros permanecíamos a distancia. Algo hablaron entre ellos (seguramente sobre la recompensa), luego la mujer abrió la puerta y nos hizo señas para que entráramos. El viejo siguió tomando mate y pitando, sin darnos tronco de bola. Cuando entramos al amplio hall, vimos al prófugo maniatado a la pata de una silla. La mujer nos dijo que lo tomáramos, y entre los dos lo agarramos, lo metimos en una bolsa y regresamos.

La caminata fue interminable. Era para nosotros como ir al fin del mundo. Estaba lejísimo de nuestro barrio. Sin dudas, la visión de un niño aumenta el tamaño de las cosas y amplía las distancias.

Haciendo las averiguaciones entre los vecinos más antiguos del lugar, me dicen que efectivamente, había en ese sitio una casa grande y que la mujer a la que hago referencia era de apellido Ufano, por eso el caserón era conocido como: “El conventillo de los Ufano”.

Palomas

Mi hermano Donaldo supo tener un casal de palomas mensajeras que le consiguió Jorge Cosentino, que en esos años andaba noviando con mi hermana Eileen. No recuerdo qué fin tuvieron las palomas, pero creo que los gatos (que había en abundancia) se hicieron un pic nic antes que empollaran.

Por mi parte, me hice de tres pichones de palomas caseras que traje del monte de mi tío Eduardo. Lo primero que hice fue plantar un poste al final del terreno, lejos de la casa. Arriba clavé una caja rectangular de aquellas en las que venía envasado el dulce de membrillo, que separé en tres casilleros. A la mitad del tramo del poste, mi viejo colocó una especie de aleta de chapa (como un embudo invertido) para impedir que los gatos treparan hasta los nidos. Las tres palomas se estaban desarrollando de lo mejor y comenzaron a echar plumas. Una de ellas inició su vuelo, cayó a tierra y fue devorada por un gato que estaba al acecho. Las otras dos se criaron con normalidad hasta la adultez. Pero por esas cosas de la naturaleza, solamente quedó una en el pequeño palomar, y sin dudas era un palomo. Era un bicho de lo más sociable. Un día desapareció, pero un vecino me avisó que un señor de apellido Valle, que pasaba todos los días frente a nuestra casa, vio que el palomo se posó en un gajo al alcance de la mano, y como era tan manso, se lo llevó. Cuando fui a reclamarlo, efectivamente, el hombre admitió que lo tenía y me lo devolvió, pero tenía cortadas las plumas de una de sus alas. Tardó un buen tiempo para recuperarlas, lo que acentuó su sociabilidad al estar en permanente contacto con nosotros.

Cuando mi hermano Eduardo iba a trabajar en bicicleta, más de una vez tuvo que regresar a casa porque lo seguía volando sobre él (cual si fuera el Espíritu Santo), lo pasaba y se asentaba más adelante. Cuando él lo alcanzaba, el palomo volvía a levantar vuelo, entonces no tenía otra opción que volver a casa y enjaularlo.

En otra ocasión llamaron a nuestra casa dos mormones. En aquellos tiempos había muchos de origen irlandés y a mi viejo le gustaba conversar con ellos, razón por la que los invitó a tomar asiento en unos sillones que había en la galería. Estaban en lo mejor de la conversa cuando irrumpió el palomo, que no dejaba de ronronear alrededor de los tres, hasta que se posó sobre el hombro de un mormón y le largó una tremenda cagada; ahí se pudrió todo y tuvimos que encerrarlo porque era imposible convivir con semejante despelote.

Finalmente lo deportamos al campo de mi tío Eduardo en San Eduardo, porque comenzó a entrar a la a casa y ensuciar por todas partes. Un día apareció el capó del auto todo cagado. Había encontrado un lugar donde cobijarse en el galpón, eso colmó la paciencia de mi viejo que decidió desterrarlo.

Según mi tía Inés, la esposa de Eduardo, que no mataba las arañas que había en la galería de su casa porque consideraba que estaban allí por alguna razón, me comentó que todas las mañanas el palomo se presentaba ante la puerta de la cocina y comenzaba a ronronear, y hasta que no le traía unas migas de pan, el tipo no dejaba de jorobar. Esto duró un tiempo hasta que dejó de aparecer. Seguramente se emparejó y ya tenía otras obligaciones que cumplir.

Entretenimiento

Un día, en el año 2004, me encontré frente al puente del ferrocarril sobre calle Sarmiento, con dos antiguas vecinas del barrio. No recuerdo sus nombres de pila, pero eran de las familias Molla y Bustos.

Recordando nuestra infancia, me confesaron que cuando anochecía se instalaban en la vereda de nuestra casa para mirarnos por la ventana de la cocina cuando nos sentábamos a la mesa para cenar. Debo acotar que en casa se cenaba muy temprano. En los meses de invierno entre las 19:30 y 20:00 mi madre ya tenía la cena lista y, según correspondía, Patricia y yo éramos los encargados de tender la mesa, mientras que Eileen y Shiela lavaban la vajilla y mis otros tres hermanos secaban los platos, (acá siempre se armaban polémicas porque alguno se esfumaba y otro se embromaba).

Volviendo a las amigas del barrio, me contaban que, amparadas por las sombras de la noche y con la ventana grande de la cocina iluminada cual, si fuera una pantalla de cine, tenían un amplio panorama para ver lo que acontecía alrededor de la mesa familiar de los Guayase y se deleitaban escuchando nuestra conversación en inglés. “Era para nosotros, como estar en el cine”, me dijeron.

Un lindo recuerdo que revela la inocencia de aquellos años y la manera sencilla con que nos entreteníamos. No hace falta aclarar que en aquellos tiempos no había televisión y tener un receptor de radio, era todo un lujo.

Según el libro diario de mi hermano Eduardo, la ampliación de nuestra casa comenzó el 28 de octubre de 1957. Se agregó el living y comedor (en el lugar que ocupaba la galería abierta) y se
Fachada de Alem 545 después de la ampliación

cambiaron los techos de la cocina y dos habitaciones. Todos tuvimos participación en el trabajo, unos más otros menos, pero cada uno hizo lo suyo.

Una anécdota

Antes de contar esta anécdota que me sorprendió ya grande, debo aclarar que con nuestros viejos siempre hablábamos en inglés, nunca en castellano. Era algo que teníamos incorporado. Ya de grandes, si estábamos solos con ellos, les hablábamos en inglés; pero si había un tercero que no lo hablaba (esposa, cuñada o amigo) entonces por lógica, lo hacíamos  en castellano. Claro que el inglés que hablamos los descendientes de irlandeses es muy particular, es lo que llamamos el “brogue english”. No es el inglés británico. En Irlanda hay una variedad de “dialectos”, donde cada región tiene matices y términos propios, igual que en la Argentina. No obstante, es reconocido por los propios ingleses, que la intelectualidad Dublinesa habla un inglés mucho más exquisito que la de Londres. Prueba de ello se manifiesta en los grandes literatos de la lengua inglesa como lo fueron Oscar Wilde, William Butler Yeats, Bernard Shaw, James Joyce, Samuel Becket, Jonathan Swift, Seamus Heaney, por citar algunos de los clásicos de la literatura, siendo cuatro de ellos premiados con el Nobel de Literatura.

Es oportuno dejar en claro que Irlanda tiene su propio idioma: el irlandés. Pero durante la ocupación inglesa, se les prohibió que hablaran su idioma, por lo que debieron aprender -forzosamente- el inglés. Pero los irlandeses son muy rebeldes; por esa razón, y como signo de indocilidad, hablaban “mal” el inglés, tanto para fastidiar a sus opresores y hacerlo incomprensible para los “Brits”. La canción popular irlandesa “Galway Bay” dice en dos de sus estrofas:
Mientras la brisa desde el mar de Irlanda
Impregna el aire con aromas de hierbas perfumadas,
Y las mujeres cosechando papas,
Hablan un idioma que los extranjeros no entienden.
Extranjeros que trataron de enseñarnos sus maneras
Despreciándonos tan sólo por lo que somos
Pero es como si quisieran espantar los reflejos de la luna
O encender una vela con la luz de una estrella

Esta canción fue compuesta por el Dr. Arthur Colahan, de Leicester, en 1947 y fue popularizada por el norteamericano Bing Crosby, hijo de irlandeses.  La versión de Crosby sufrió algunas modificaciones para hacerla “menos política”. No obstante, se convirtió en un gran éxito en todo el mundo, especialmente entre los inmigrantes irlandeses.

Una versión humorística fue recreada por los hermanos Clancy y Tommy Makem. Esta canción también aparece en la película interpretada por John Wyne y Moureen O’Hara: “El hombre quieto”; y los extranjeros, los extraños a que se refiere, no son otros que los ingleses, por supuesto.

Acá se puede acceder a diversas versiones de esta canción emblemática irlandesa:
https://youtu.be/P1uo0gkrDgM (versión con versos satíricos de los hermanos Clancy)
https://youtu.be/fDiLaUg_DnA
https://youtu.be/Q_-y8Bpy3KE
https://youtu.be/dT50aDU1pQE
https://youtu.be/RUZsxpcaREY

Gastronomía

Cuando a mi viejo le preguntaban si le fue fácil acostumbrarse a la gastronomía argentina, su respuesta era espontánea: “No hay mejor comida en el mundo que el asado criollo”, lo que quería decir es que no tuvo ningún inconveniente a “adaptarse” a la gastronomía argentina. Eso sí, no dejó de comer papas hervidas con cáscara, sea cual fuera el menú. Cuando hacía un asado en casa, siempre había papas para acompañar, costumbre que heredé. Adquirió la habilidad de asador cuando trabajaba en el ferrocarril. Como todo maquinista, iba de un lado a otro y cada tanto le tocaba hacer el asado para el grupo de compañeros alojados “en las piezas”, que en la jerga ferroviaria eran los hospedajes de los maquinistas. Para ilustrar mejor, “El Siglo XX”, que era una fonda y hospedaje en épocas pasadas y se encontraba en la esquina Este de Sarmiento y Falucho, era un lugar reservado para los empleados ferroviarios que estaban de paso por Venado Tuerto y que debían pernoctar para luego retomar servicio al día siguiente.

Este párrafo no es para hablar de mis gustos gastronómicos y de dónde provienen, pero, como mi padre, creo que nuestro asado es el mejor plato que podemos degustar, eso sí, siempre con papas. Esto no quita que la cocina italiana, por nombrar una, sea una de las más sabrosas. Pero al margen de estas preferencias, sea cual fueren, a mí me encanta la comida árabe. Cuando se realiza la feria de las colectividades, el primer stand que visito para comer algún manjar exótico, es el de la comunidad árabe. Allí me saco el gusto de saborear las exquisitas empanadas árabes y los famosos kipes, hechos a base de carne picada, trigo burgol (grano partido precocido), cebolla, pimiento morrón y condimentos aromáticos que, ingeridos con un buen vino tinto, son una delicia.

Año 2018 Frente de la casa de los Wallace en Alem 545

Los hijos de Rosa y Eduardo Wallace


Eileen Rosa
, nació en Venado Tuerto, el 1º de julio de 1929. Falleció el 30 de noviembre de 2021. Soltera. Siempre dije que Eileen fue mi segunda mamá. Cuando nací mi madre tenía 44 años y en aquellos años esa edad era considerada avanzada. Además, tenía a cargo la crianza de sus otros 6 hijos y aunque tenía generalmente una persona que la ayudaba en los quehaceres domésticos, su actividad como madre y esposa se hacía más pesada a medida que los hijos iban creciendo y las obligaciones eran mayores. Eileen colaboraba con ella en los quehaceres domésticos y en mi aseo y cuidado de mi vestimenta y la de Patricia y seguramente también la de Sheila. Estudió el primario en el Colegio Santa Rosa de Venado Tuerto y luego el secundario en el Colegio Santa María de San Antonio de Areco, donde estuvo pupila y obtuvo el título de maestra de inglés, que perfeccionó en la cultura inglesa de Venado Tuerto (1948). En el colegio Santa María cultivó amistades que duraron toda la vida: Maguita Devereaux, Lizzie Smith, Mary Jeane Clancy y María Isabel Maguire, a quienes sobrevivió. Posteriormente, estudió en el Instituto de Educación Superior N.º 7 de Venado Tuerto, donde obtuvo el título de profesora de inglés. En sus comienzos, (1949) fue maestra de los hijos de don Roberto Cavanagh: Susana, Lucía, Roberto, Carlos y Santiago en la estancia “El Quirquincho” de La Chispa y años más tarde a los hijos de la familia Whitelegg Young (1954) en la estancia “San Guillermo” de María Teresa. Siempre ejerció la enseñanza del idioma inglés de manera particular y contó con muchos alumnos. También viajaba a dar clases a la localidad de Elortondo (1958). Minuciosa al extremo con el idioma, casi -diría- obsesiva. Muchas veces evitaba consultarla sobre algunas palabras, su pronunciación o su significado, porque hasta que no me daba la respuesta correcta no se quedaba tranquila. Al decir de mis familiares irlandeses, hablaba un inglés perfecto. En su vida tuvo un incipiente noviazgo juvenil con Jorge Cosentino, prestigioso ingeniero químico que tuvo participación en la construcción de la usina termonuclear de Atucha. La relación no prosperó y finalizó cuando Jorge se fue a estudiar a Buenos Aires. Un hecho particular se produjo cuando, en el mes de octubre de 1977, en ocasión de pasar por Venado Tuerto el reactor nuclear que se instaló en Río III (Córdoba), toda la población se volcó a la ruta 8 para presenciar el gigantesco operativo “Calandria”. De pronto un señor se bajó de un automóvil que venía en la caravana y fue directamente adonde estaba Eileen. Grande fue la sorpresa, era Jorge Cosentino que la reconoció y fue a saludarla. En su vida tuvo muchos pretendientes, pero el destino no quiso que concretara ninguna relación afectiva. De modales suaves y refinados, Eileen era una persona encantadora. Junto a Shiela, asistió a Eduardo y a nuestros padres hasta el fin de sus días. En el año 1997 tuve que someterme a una operación de un quiste tirogloso en la ciudad de Rosario, y cuando me trasladaban a la habitación del sanatorio después de la operación, a la primera que encontré fue a Eileen quien esa misma mañana muy temprano viajó desde Venado Tuerto. Fue una grata sorpresa para mí. También estuvo ahí Donny que en esos años residía nuevamente en Rosario. Hasta unos meses antes de su fallecimiento, ella se movilizaba con total autonomía personal, pero sorpresivamente y en breve tiempo falleció serenamente y paz en la antigua casa de Alem 545 a los 91 años. Fueron sus padrinos de bautismo: Tios: Pedro Downes y Catalina Ana Kenny.

 


Pedro Leo, “Peter”
nació el 12 de enero de 1931 y falleció el 22 de mayo de 2019. Contrajo matrimonio con Dora Beatriz Pérez, el 16 de febrero de 1960. Pedro era muy protestón, pero a su vez muy cariñoso. Recuerdo que cuando siendo yo muy chico, me abrazaba con fuerza y me hacía renegar, lo que en inglés decíamos “teasing me” continuamente. A su vez era muy gruñón, especialmente por la mañana temprano, cuando competíamos por entrar al baño antes de partir al trabajo y al colegio. Él nos llevaba todas las mañanas en el auto, pero era muy remolón para levantarse temprano, entonces perdía el turno del baño y se ponía loco. Era muy hábil para zafar de algunas tareas hogareñas, como secar los platos, tarea que por turnos les correspondía a los tres varones mayores, mientras que Eileen lavaba la vajilla, Sheila ayudaba en la cocina y con Pachi nos encargábamos de tender y levantar la mesa que era muy completa. El día que le tocaba el turno a Pedro, por una u otra razón se esfumaba y los que hacían la tarea eran Eduardo o Donaldo. El 5 de marzo de 1944, junto con Eduardo, ingresó como pupilo al Colegio San Pablo de Capitán Sarmiento y en 1947 comenzó el secundario en el Colegio Sagrado Corazón donde integró la banda de música, pero en 1949 abandonó sus estudios y entró a trabajar en el taller mecánico de “Sonny” Chapman. En febrero de 1952 fue llamado a revisación médica para cumplir con el servicio militar obligatorio, pero fue eximido. Ese mismo año ingresó al taller mecánico de la firma Sarbach Hnos., concesionaria de la empresa Ford. Años más tarde, en 1956, se empleó como viajante en la empresa Firestone donde se desempeñó con gran solvencia. Se entusiasmó tanto con el trabajo que decidió independizarse y dedicarse por su cuenta a la venta de elementos rurales (tranqueras, postes, molinos, aguadas y demás). Para ello se compró un automóvil y salió a recorrer la zona rural.  Pero no era lo mismo que vender cubiertas para Firestone cuyos clientes eran compradores seguros que tener que convencer al cliente para la compra de productos menos conocidos y más competitivos. Frustrado su intento, pidió ser reincorporado a la empresa Firestone. Gracias al buen concepto expresado por los clientes y al prestigio que se ganó en la empresa por su honestidad y contracción al trabajo, fue admitido nuevamente, algo inusual en las multinacionales. Cuando hizo la devolución del automóvil, los encargados de recibirlo se sorprendieron por el excelente estado de conservación del vehículo. De jovencito tenía inclinación por los dibujos y la pintura, lo que lamentablemente comenzó a estudiar siendo ya una persona mayor; de haberse iniciado en su juventud, tal vez hubiera logrado destacarse en la materia. En su bohardilla dejó muchos dibujos y pinturas. Tenía mucha habilidad para trabajos manuales. De chico fabricaba lo que se conocía entonces como “autitos a piolín” época en que había que tener destreza para confeccionarlos ante la falta de materiales maleables, muy lejos entonces de los que existen en la actualidad. Generalmente hacía copia de los autos TC de los hermanos Gálvez, de los que era fanático admirador en épocas donde se competía por la supremacía de los Ford/Chevrolet. En cierta medida, diría también que Pedro era muy ingenuo. Se me ocurre que no estaba bien informado y se creía todo lo que le decían. Usaba eso tan común que es “fulano de tal me dijo” y lo repetía sin certezas. A veces decía disparates que nos ponía en dudas si lo decía en serio o en broma. Eso le pasó cuando decidió abandonar la empresa Firestone. Los “Tom, Dick and Harry” que siempre están al toque, le llenaron la cabeza, sin reparar que Pedro no tenía vocación de vendedor independiente con capacidad de convencimiento y porque carecía de la locuacidad que tienen los que venden humo. Años más tarde lo trasladaron a la ciudad de Mendoza y finalmente se jubiló en Firestone y regresó a Venado Tuerto. Pedro y Dora tuvieron cinco hijos: Guillermo, Moira, Mónica, Celina y Lucila todos casados y con descendencia. Fueron sus padrinos de bautismo: Tios Bernardo y Juliana Kenny.

 


Eduardo Juan, “Eddiejohn”,
nació el 2 de agosto de 1932 y falleció soltero el 21 de febrero de 2001. Minucioso, inteligente y servicial. De trato dócil y reservado. Si bien nunca mostraba su enojo, de vez en cuando tenía sus arranques, pero eran como si fuera un enojo consigo mismo, no con los demás. Fue el que siempre se ocupó de equipar la casa con los elementos nuevos. La primera cocina a querosén, el primer lavarropas y el mantenimiento del viejo Ford35. Su gran pasión era la mecánica automotora.  Su primera maestra, como las de todos mis hermanos, fue la señorita Dora Iturbide, cuya eficiencia quedó demostrada cuando en 1944 ingresó como pupilo al Colegio San Pablo de Capitán Sarmiento junto con Pedro y ambos fueron aceptados como alumnos adelantados, hasta el año 1946. En 1947 se incorporó al Sagrado Corazón hasta fines de 1948 cuando finalizó el 2º año comercial. El 15 de marzo de 1949 ingresó al Colegio Industrial de la Nación (hoy ENET) donde fue elegido por sus pares como el mejor compañero y recibió como premio un ejemplar de la primera edición del libro “La razón de mi vida” de Eva Perón. Era brillante en matemáticas y literatura, además de ejecutar música en piano y acordeón. Estudioso de la teología, hubo intentos de varios sacerdotes de convencerlo para que ingresara al seminario dada su devoción religiosa, pero el propósito de los religiosos no prosperó. En febrero de 1953 fue incorporado al servicio militar obligatorio con destino al Regimiento de Infantería N.º 28 de Goya, provincia de Corrientes y fue dado de baja el 11 de noviembre de 1953.  Cuando regresó no quiso volver al colegio, prefirió trabajar y el 04 de enero de 1954 ingresó a la fábrica de cosechadoras Giubergia SRL. Los ejecutivos de la empresa, que habían reparado en su capacidad y la prolijidad con que hacía su trabajo, lo enviaron a la ciudad de Rosario para capacitarse en el manejo de una rectificadora moderna que, una vez adquirida, la manejó durante varios años y capacitó a otros empleados para hacerlo. Pero, como sucede a menudo, la mezquindad empresarial no valoró su trabajo y lo equipararon con los demás empleados amateurs a los que él había capacitado para su manejo. En consecuencia, renunció y se fue a trabajar a la firma concesionaria de los tractores Hanomag, de la conocida firma comercial Sarbach Hnos. como mecánico reparador. Años más tarde, cuando el campo propiedad de nuestros padres fue recuperado después del desalojo de los arrendatarios, Eduardo se fue a trabajar como empleado de mi tío Eduardo y a velar por el campo familiar haciendo acuerdos con productores para la siembra y cosecha de cereales y a su vez intercalar con la cría de hacienda. Fueron tiempos muy duros para el campo y para su salud que no era de la mejor. Finalmente, quebrantada su salud a raíz de sucesivas operaciones de úlcera y deficiencias cardíacas, debió mantener reposo, por lo que regresó a la casa paterna. Entonces, el lugar donde vivía en el campo fue abandonado y se convirtió en una tapera que fue saqueada por ladrones y arruinada por las alimañas. La última vez que fue operado en la ciudad de Rosario adquirió una infección intrahospitalaria que resultó fatal. Fue muy penoso verlo entregado a lo que él sabía era su final. Al hablar con sus amigos y compañeros que tuvo en la vida, todos lo recuerdan con gran afecto y admiración, tanto por sus cualidades humanas como por su intelecto. Fue dirigente de la Acción Católica y participó de congresos organizados por la asociación. Integró el Coro Juan Sebastián Bach bajo la dirección de María Esther Boyle y Elsa Solís en el registro vocal bajo. Fueron sus padrinos de bautismo: Sus primos Guillermo Juan Chapman "Sonny" y Catalina Inés "Aggie" Downes. 

 


Donaldo Benedicto, “Donny”,
nació en Venado Tuerto el 11 de septiembre de 1934 y falleció el 19 de abril de 2024 en la ciudad de Resistencia, Provincia de Chaco.  Contrajo matrimonio el 26 de febrero de 1965 con Juana María Didoné. Donaldo también fue alumno interno en el Colegio San Pablo, donde ingresó en 1946, un año después que Pedro y Eduardo. En 1947 comenzó en 5º grado al colegio Sagrado Corazón y, en 1950 inició el secundario en el Colegio Industrial (hoy ENET). El 2 de enero de 1955 fue incorporado al servicio militar obligatorio (2 años en la Marina) y el 9 de febrero de 1957 fue dado de baja. Estuvo más de dos años bajo bandera, tiempo que perdió de estudiar, pero reinició sus estudios y se recibió en 1958 (entonces los cursos tenían una duración de 7 años). En su juventud, Donaldo era muy divertido. Hacía chistes y contaba hechos curiosos que, según él, presenciaba personalmente y que por lo general eran cómicos. Nunca sabremos si esas vicisitudes eran inventadas o reales, pero a nosotros nos divertía. Siempre estaba dispuesto al trabajo. Sus amigos, los hermanos Zampana que tenían una fábrica de estructuras de cemento en calle 25 de mayo y Edison, le facilitaron los moldes con los que fabricó una serie de lajas que instaló en nuestra casa para la entrada del auto, lajas que todavía están tal cual él las diseñó. En 1959 comienza a trabajar en Vialidad Provincial y un año más tarde como dibujante técnico en la fábrica de tractores John Deere de Rosario. En este período tuvo contratiempos en su vida personal, rompió con un largo noviazgo de adolescencia y se relacionó con una alumna del Colegio Santa Rosa, relación que no prosperó y tuvo un final abrupto, diría que hasta inesperado. Como se dice coloquialmente “le devolvieron la pelota”, una ruptura que lo afectó mucho. Cabe señalar que Donaldo era un muchacho de muy buena presencia y que tenía muchas pretendientes. Había un grupo de cuatro chicas que todos los días pasaban frente a nuestra casa con la excusa de ir a una modista del barrio. No sé cuál de las cuatro lo pretendía, pero supongo que era un acertijo entre ellas, para ver quién lo conquistaba primero. En 1968 la fábrica JD lo premió con un viaje a los Estados Unidos junto con otros empleados, por la buena venta de tractores que había logrado desde que lo asignaron a esa área. Viajó por quince días con su esposa y un diario de los Estados Unidos le hizo un reportaje cuyo recorte agrego en este blog. Después del premio, la empresa JD, lo destinó a la ciudad de Resistencia, Provincia de Chaco, para que incursionara en la venta de tractores en aquella zona impulsada por la conformación de las Ligas Agrarias de campesinos y productores rurales que se produjo en la región nordeste de Argentina en la década de 1970. Años más tarde renunció a la empresa y se dedicó a fabricar muebles por encargo. El emprendimiento prosperó, hasta que se instalaron en la ciudad de Resistencia fabricantes de muebles en serie, lo que hizo que su trabajo artesanal se viera en inferioridad de condiciones competitivas y debió cerrar la fábrica. Esto lo digo sin mucha precisión porque nunca supe realmente lo que sucedió. Una vez que se jubiló se instaló en su Venado Tuerto natal, donde proyectaba quedarse, pero su estado físico no estaba como para defenderse solo y debió ceder a fijar residencia en la ciudad de Resistencia donde es asistido por la familia de su hija. En tanto su esposa permanece en su ciudad natal, Rosario, Santa Fe. Donaldo y Juana María tuvieron dos hijos: Débora y Pablo, ambos con descendencia. Fueron sus padrinos de bautismo sus tíos: Eduardo Kenny e Inés Dunne de Kenny.  

 


Mary Sheila “Shila”
nació el 11 de octubre de 1936. Soltera. Recatada, silenciosa, prolija. Exquisita repostera y excelente modista. De jovencita se dedicó a levantar puntos de media, una actividad de mucha demanda que le permitió obtener ingresos personales. También confeccionó camperas de carpincho para un comerciante dedicado a la venta de artículos regionales autóctonos, quien quiso contratarla para la confección exclusiva de estas prendas dada la gran demanda que tuvo merced a la buena confección. Pero ella no quiso comprometerse por considerar que, por la delicadeza y el tiempo que demandaba su factura artesanal, además de restarle tiempo para otras actividades, no era rentable.  Además de cursar el ciclo primario particular con la señorita Dora Iturbide, concluyó sus estudios en el Colegio Santa Rosa donde fue considerada una alumna excelente. Muchos años más tarde, allá por el año 2010, me encontré en la ciudad de Buenos Aires con quien fuera una de sus maestras de entonces, la señorita Rostán. Ella fue la que me dio detalles sobre Shiela que yo desconocía. Guardaba de ella los más lindos recuerdos de su paso como docente del Santa Rosa y me amplió detalles sobre su personalidad. Su prolijidad, su comportamiento mesurado, de mucha calidez personal. Shiela fue la que asistió a nuestros padres y a nuestros hermanos Eduardo y Eileen hasta el fin de sus días. De una memoria prodigiosa, recuerda los hechos familiares con precisión y es a quien recurro para que me informe sobre hechos y acontecimientos familiares que escapan a mi memoria. En su juventud tuvo infinidad de pretendientes, pero ninguno prosperó en sus intentos. Nunca supe por qué de esas frustraciones, pero presumo que se debió a una educación cultural muy rigurosa en la que fuimos educados. Fueron sus padrinos de bautismo: Abuela Catalina Hevey de Kenny y su primo Eduardo Downes.                                                      

 


Patricia Moira, “Pachi”
nació el 2 de marzo de 1940 en Venado Tuerto. Soltera. Su apodo viene del diminutivo de Patricia “Patsy”. Con Patricia éramos muy compinches. Siempre peleábamos, pero siempre estábamos juntos. Comenzó a trabajar en el estudio jurídico del Dr. Adhemar Sarbach y el escribano Alcides Parrier en la década del 60. La secretaria del estudio, le cedió el lugar cuando entró a trabajar al antiguo “Hospital Ferroviario” de calle Mitre donde Pachi también estaba anotada entre las aspirantes a ingresar; ambas eran hijas de empleados ferroviarios que tenían prioridad para el ingreso. Desde entonces Pachi trabajó para ese estudio jurídico donde también ingresó el joven abogado Carlos Martín que continuó como titular después del fallecimiento del Dr. Sarbach y luego del escribano Perrier. Pachi siempre trabajó en ese estudio hasta su jubilación, aunque todavía sigue trabajando cuando estoy escribiendo estas líneas, octubre de 2023. En los ámbitos tribunalicios donde se desenvuelven las actividades de los abogados, Pachi es muy conocida y elogiada porque, al decir de una renombrada abogada, es la “asesora” de muchos jóvenes profesionales de la abogacía que desconocen las múltiples alternativas que en la práctica se requieren para el ejercicio de la profesión. “Sabe tanto, o más, que muchos abogados”, me dijo la procuradora, cuando en cierta ocasión un joven abogado se enredó con un expediente y Pachi lo ayudó a sortear una instancia complicada. Ella se encargó de todos los trámites administrativos de la familia, pago de impuestos, contratos, patentes, sucesiones; resumiendo: todo lo que demandara trámites burocráticos. Logró movilizarse por su cuenta, sin necesidad de dependencia, adquirió su propio automóvil y ayudó económicamente a quien se lo pidiera, entre los que me encuentro yo mismo. Junto con Eileen viajó en dos ocasiones a Irlanda donde conoció a familiares de nuestro padre y recorrió la isla de la mano de John McCorcmack, esposo de Josephine Wallace. Pachi también viajó a Europa e Israel con el Coro Juan Sebastián Bach, en esos años dirigido por Mario Zeppa. Sus padrinos de bautismo fueron sus primos: Catalina "Katty" Chapman y Patricio Chapman (h).

 


José Brendan “Joe”
(conocido en el vecindario como “Yoyi”, que proviene del diminutivo Josie”) nací en Venado Tuerto el 1º de marzo de 1942. Contraje matrimonio el 16 de enero de 1971 con Teresita Luisa Acosta, nacida en Venado Tuerto el 15 de mayo de 1950. Somos padres de dos hijos: José Ignacio que nació el 12 de diciembre de 1971 y José Eduardo que nació el 1º de enero de 1973- No seré yo precisamente quien me describa. Simplemente diré que, si volviera a nacer, no haría las muchas macanas que me mandé en la vida. En principio me dedicaría a estudiar, tal como lo pretendían mis padres, pero por distintas circunstancias no lo hice. Siempre digo que el “bienestar” de aquellos años juveniles, hizo que no ambicionara alcanzar una profesión. Cuando comencé a trabajar (1960) ganaba un haber muy bueno, lo que me permitió independizarme, viajar, comprar una cámara fotográfica, una motocicleta Honda, una filmadora, conocer por primera vez la provincia de Córdoba, Mendoza y recorrer el norte hasta Jujuy. Antes de eso, el lugar más alejado a Venado Tuerto que conocí, era la ciudad de Pergamino, donde iba con mis padres de visita a la casa de la familia Leonard, primo de mi padre. A la ciudad de Buenos Aires la conocí cuando hice el servicio militar en Campo de Mayo (1963/64). De jovencito participé activamente junto con mi hermano Eduardo en la Acción Católica. Más tarde milité en la Unión Cívica Radical antes de cumplir mis 18 años bajo la tutela del profesor Leonardo Priotti. Después de la dictadura, en 1982 integré el movimiento Renovación y Cambio que lideraba el Dr. Raúl Alfonsín y formé parte del consejo directivo del comité después del triunfo interno. Cuando se constituye el Concejo Municipal en diciembre de 1983 y con el acuerdo de todos los partidos políticos representados, fui nombrado secretario, lugar que ocupé hasta diciembre de 2004 cuando me acogí a la jubilación. Junto con mis hermanos Eduardo y Patricia, integré el Coro Juan Sebastián Bach cuando era dirigido por María Esther Boyle “Polola” y Elsa Solís. También asistí a cursos de literatura dictados por Mirley Avalis, donde aprendí mucho de lo poco que sé de literatura. Antes, en el secundario, tuve a un excelente profesor de literatura, el Hno. Ceferino (Fermín Díaz de Cerio) del Colegio Sagrado Corazón a quien recuerdo con especial afecto.  Los libros de literatura e historia fueron mi debilidad. Cuando mi tío Eduardo dejó la casa que habitaba en el campo de San Eduardo, a la sazón la casa de mis abuelos, para radicarse en Venado Tuerto, me hice de unos cuantos libros antiguos. Muchos religiosos, otros de historia y también algunos de literatura. Todos impresos en inglés. Entre esos libros encontré uno escrito por un tal John Macnie. Un día, me puse a leer el libro y comencé a internarme en la vida de este irlandés que contaba el inicio de su aventura por Sudamérica y relataba hechos ocurridos en Venado Tuerto. Entusiasmado con sus relatos, me entregué a su traducción -muy precaria por cierto-  en base a mis escasos conocimientos del idioma shakesperiano y cuando todavía no existían aplicaciones traductoras en la web, sistema que es de gran ayuda para los novatos en idiomas; así logré mi propósito. Un concejal justicialista aficionado a la lectura, por azar se encontró con mi trabajo y quedó fascinado. Entonces me propuso imprimirlo. Pero en ese momento el presupuesto del Concejo Municipal era muy exiguo, entonces cuando ingresó como diputado provincial, hizo las gestiones para que la legislatura lo declarara de interés educativo y logró que se imprimiera la primera edición.  Luego vino la 3ª edición en 2014. En cuanto a mi vida personal, que fue muy complicada, logré formar familia. Tenemos dos hijos José Ignacio y José Eduardo. Como padre no puedo menos que decir que son dos excelentes personas y buenos profesionales. Finalmente, y para terminar diré que cumplí uno de mis sueños: visitar irlanda y conocer la granja donde nació nuestro padre y que hoy habita mi primo hermano Peter James Wallace. Visité Irlanda en tres oportunidades y no descarto una cuarta antes de mis 84. El primer viaje fue un regalo que me hizo mi hijo José Ignacio que había estudiado en la Universidad de Dublin a fines del siglo XX y allí se contactó con todos nuestros familiares con los que, hasta el día de hoy 16 de febrero de 2024 seguimos comunicados. Mis padrinos de bautismo fueron mis tíos: Brígida Kehoe de Kenny y Don Patricio Chapman Maguiere.

 

Publicado en un diario de los EEUU

 

Argentine Guest Views
Election On 
3 TV sets - 1968
Argentine winners in a Deere &Co, sales incentive contest watched the election returns last night on three television, sets one for each network, and had the process explained to them by John M. Reed,
director of overseas public relations for Deere.
The agricultural machinery: dealers and their wives were guests of the company at an election buffet in The Plantation in Moline. The party of 50 arrives in Moline Monday. Most of them are from the provinces of Buenos Aires, Chaco, Sante Fel and Cordoba. Assed for his impressions of the election. Señor Gonzalo Colombres of Rosario said, "Magnifico." He said the election process was an extraordinary exhibit of security and confidence in law. and order. He himself had not too much familiarity with the individual candidates, but all candidates are considered qualified and, the result of the election is important to the entire world."
Candido Vicente, mayor of Rosario de la Frontera, who will meet with Mayor James Arndt of Moline today, said, "The United States is a faithful example of democracy as it should be." And, he added, an example to all South America.
Vicente dijo Nixon. Si gana, será un verdadero representante del pueblo americano,
Los argentinos han recorrido el Centro de Investigación Deere, el Museo Deere en Grand Detour, Harvester Works en East Moline y el Centro Administrativo.
Hoy tenían previsto visitar una finca y luego ir a las Colonias Amann.
Después de atraer a Tractor Works en Waterloo, el grupo partirá desde allí hacia casa.
Donaldo Wallace, gerente territorial premiado de Deere and Co. de Rosario, Argentina, y su esposa, Juana, Wallace dijeron que no esperaba venir a Estados Unidos "y encontrar un candidato presidencial con mi nombre, por supuesto, "Estaremos perdiendo" Los argentinos vieron anoche los resultados de las elecciones en tres televisores, uno para cada cadena, en un buffet en The Plantation.
 
 
Opiniones de invitados argentinos- 1968
Elección en 3 televisores
Los ganadores argentinos de un concurso de incentivos de ventas de Deere & Co vieron anoche los resultados de las elecciones en tres televisores, uno para cada cadena, y John M. Reed les explicó el proceso, director de relaciones públicas en el extranjero de Deere.
La maquinaria agrícola: los comerciantes y sus esposas fueron invitados de la empresa a un buffet electoral en The Plantation en Moline. La fiesta et 50 llega a Moline Monday La mayoría de ellos son de las provincias de Buenos Aires, Chaco, Santa Fe y Córdoba. Criticado por sus impresiones de la elección. Señor Gonzalo Colombres de Rosario dijo: "Magnífico". Dijo que el proceso electoral fue una extraordinaria muestra de seguridad y confianza en la ley y el orden. Él mismo no estaba muy familiarizado con los candidatos individuales, pero todos los candidatos se consideran calificados y el resultado de la elección es importante para todo el mundo".
Cándido Vicente, alcalde de Rosario de la Frontera, quien se reunirá hoy con el alcalde James Arndt de Moline, dijo: "Estados Unidos es un ejemplo fiel de la democracia como debe ser". Y, agregó, un ejemplo para toda Sudamérica.
Vicente dijo Nixon. Si gana, será un verdadero representante del pueblo estadounidense,
Los argentinos han recorrido el Deere Research Center, el Deere Museum en Grand Detour, Harvester Works en East Moline y el Centro Administrativo.
Hoy tenían previsto visitar una granja y luego ir a las colonias de Amann.
Después de atraer a la Fábrica de Tractores en Waterloo, el grupo partirá de allí hacia casa.
 
Un galardonado gerente territorial de Deere and Co. de Rosario, Argentina, Donaldo Wallace, y su esposa, Juana, Wallace dijo que no esperaba venir a los Estados Unidos "y encontrar un candidato presidencial de mi nombre, por supuesto, está perdiendo" Los argentinos vieron los resultados de las elecciones en tres televisores, uno para cada cadena  anoche en un buffet en The Plantation.