Con motivo del encuentro del 29 de marzo pasado en el Monasterio y
Colegio San Pablo de la Congregación Pasionista en San Antonio de Areco, le
pedimos a Pedro Leo Wallace Kenny, ex alumnos del colegio (años 1944/45 y 46)
que rescatara de su memoria las vivencias de aquellos días. Esto fue lo que nos
dijo:
¿Quién no guarda en su memoria el recuerdo de algún hecho sobresaliente
que le pasó en la vida? Uno de los míos es el que viví el 5 de marzo de 1944,
cuando mi padre me llevó junto a mi hermano Eddiejohn, a tomar el tren que cubría
el recorrido entre Venado Tuerto-Buenos Aires (Retiro). Nosotros íbamos a Capitán
Sarmiento, donde debíamos descender después de recorrer alrededor de 300 kilómetros .
El motivo del viaje fue porque mi padre nos había reservado un lugar
como alumnos pupilos en el Colegio San Pablo de los Padres Pasionistas, que fue
habilitado preferentemente para hijos de irlandeses y sus descendientes. El
colegio estaba ubicado a tres leguas de Capitán Sarmiento, justamente en el
límite de los tres partidos de la Provincia de Buenos Aires: Carmen de Areco, Capitán
Sarmiento y Arrecifes, pero la mayor parte del campo, como también los
edificios: Monasterio y Colegio, construidos a unos cien metros equidistantes
entre sí, estaban enclavados en el Partido de Carmen de Areco. No obstante, por
razones de distancia y comodidad, los viajeros descendían en Capitán Sarmiento,
donde era posible conseguir medios de movilidad y desplazarse hacia distintos
puntos de la zona rural, y además, era
el lugar de residencia de prestadores de servicios y proveedores.
Después de viajar varias horas, llegamos en medio de una lluvia
torrencial al tan mentado Capitán Sarmiento. El drama recién comenzaba, porque
la lluvia complicó el panorama y mi padre no conocía el lugar; tampoco sabía
cómo llegar hasta el colegio, por cuanto los trámites de inscripción los había
hecho por correo y la información que le habían proporcionado era muy escasa como
para ubicarse con facilidad.
Valiéndose de su condición de empleado ferroviario, tuvo la feliz idea
de consultarle a un empleado de la estación, que según recuerdo, diría con seguridad que se trataba del jefe de
estación. Esta persona sin dudas conocía perfectamente la zona y supuestamente la
ubicación del colegio, por lo que nos remitió a la calle Rivadavia Nº 774, que
distaba a escasos metros de la estación, cuya longitud no creo que haya sido
más de una cuadra y desembocaba frente al acceso principal de la estación del
ferrocarril.
Con la consentimiento del empleado, dejamos los equipajes en la
estación y nos dirigimos a la dirección indicada, que no era otra cosa que una
confitería, cuyo dueño tenía dos coches-taxímetros, un Ford A modelo 1929 y un
Ford V8 modelo 1937, este último muy bonito y en buenas condiciones. El señor
se llamaba Osvaldo Raigosa, cuyo teléfono era el Nº 52, lo que indica que no
había muchos teléfonos en aquella época.
Pactado el precio del viaje, subimos al Ford A, vehículo que no había
con qué darle en el barro, y nos condujo a la estación donde cargamos nuestros
bagajes y partimos de inmediato para enfrentarnos a una lucha feroz con el
camino barroso. Para este entonces había dejado de llover.
Apenas salimos del pueblo el forcito comenzó a bailotear de un lado
para el otro, de tal manera que en más de una ocasión pensé que terminaríamos
en la cuneta, lo que afortunadamente no sucedió, pero mi hermano y yo que viajábamos
en el asiento trasero, íbamos como zapallo en carro.
No sé cuánto demoramos en arribar al colegio, pero estimo que serían
aproximadamente las cuatro de la tarde cuando llegamos sanos y salvos. Nunca
supe, ni jamás se me ocurrió preguntarle a mi padre, aún de grande, cómo fue su
regreso a la estación.
Después de descargar las valijas y el baúl, que habíamos cargado en un
porta equipaje que tenía el ford detrás de la rueda de auxilio, nos paramos
frente a la puerta de la dirección del colegio que estaba a cargo del Rvdo.
Alfredo MacConesteir, quien nos atendió de inmediato y nos invitó a pasar. Allí comenzó una larga conversación con mi
padre, ya que ambos eran irlandeses. Luego llamó a Eugenio Loughlin, uno de los
maestros y a su vez celador, nativo de
Cafferata, una localidad cercana a Venado Tuerto y que tenía relación familiar
con mi padre, por lo que se sumó a la conversación.
Finalmente llegó la hora de la despedida. Fue un momento de gran tristeza
para nosotros pues debíamos quedarnos y
estar lejos de casa. Por supuesto hubo lágrimas a granel, incluso cuando nos
quedábamos solos o durante la noche en nuestras camas.
Una vez retirado mi padre, el celador le dio instrucciones a un chico
veterano del colegio, que a posteriori se hizo muy amigo nuestro; se llamaba
Héctor Nogueira y vivía en la localidad de Todd a escasos kilómetros de
Arrecifes sobre ruta 8. Él nos acompañó hasta el dormitorio que estaba en la
planta alta y que me pareció inmenso; nos ayudó a hacer las camas y a acomodar
las valijas y el baúl en la baulera. Posteriormente nos llevó al patio donde
estaba el resto del alumnado y allí comenzaron las presentaciones y las
preguntas, especialmente por parte de mayores.
Así comenzó un período de tres años (1944-45 y 46) durante los cuales pasaron
cosas lindas y otras no tanto y que hoy son anécdotas, pero que marcaron una
parte de mi vida, donde he cosechado infinidad de amigos junto con mi hermano;
amigos a los que todavía recuerdo, y aunque a muchos no volví a verlos nunca
más, sí me reencontré con otros que me alegraron el espíritu.
Fue una linda experiencia de vida.
(*) Pedro
Leo Wallace Kenny
NOTA: (*) Pedro Leo Wallace falleció en Venado Tuerto el 22 de mayo de 2019 a los 88 años.

